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¿Como se conocieron Simón Bolívar y Manuela Sáenz? ... PDF Print E-mail
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Thursday, 03 February 2011 09:53

Bendiciones ... en el día de Thor ... el día de Júpiter, que es el día de la Llama de la Resurrección ...

   ¿Como se conocieron Simón Bolívar y Manuela Sáenz? ...

   Bueno pues como se conocen dos personas. En esos tiempos no existía Internet o Facebook, tampoco el teléfono celular, ni el iPad y tampoco el iphone. No existía el teléfono pues era el año 1822.

    Bolívar y Manuela se encontraron en la Mansión de Larrea en el "Baile de la Victoria", y la Victoria era la de Quito, sobre los Españoles, empuñada por las fuerzas del General Bolívar. Para el era la primera vez que llegaba a Quito, mientras que para Manuela era un regreso a su ciudad natal. Manuela era una mujer casada con un Ingles, y Bolívar era un viudo que negó a casarse de nuevo luego de la muerte de su esposa.

      Yo, Giovanni me he permitido de hacer dos añadiduras al relato histórico.
 
      La primera es cuando Bolívar a Caballo, a pocos metros de distancia recibe un laurel, en la cara, de las manos de Manuela. Los ojos de ambos se encuentran y perdonando Bolívar a Manuela le dice,

    «Señora: si mis soldados tuvieran su puntería, ya habríamos ganado la guerra a España»

       (La fuente aquí es Wikipedia)

       La segunda añadidura es cuando Bolívar y Manuela se encuentran la segunda vez.

       Mi añadidura es la siguiente,

Y al entrar a la Mansión, Bolívar ve a Manuela bajando las escaleras, hacia su izquierda. Era una escalera semicircular, como las que se encuentran en los castillos europeos, pero esta se encuentra en Quito.

Y Bolívar y Manuela, se entregan en una segunda mirada, tan profunda y sincera, como el amor … que de allí a unos días y unos años, los iría a envolver.

¿Donde esta hoy la Mansión del Señor Larrea? ... ¿esta aun en las afueras de Quito? ... De una búsqueda en Google, he encontrado la Mansión del Deán ...



           Esta mansión es perfecta y encuentra verdades en el relato que sigue. Está en las afueras de Quito. Sucre y su esposa celebraron su boda allí. Perteneció a una de las hijas del Señor Juan de Larrea, y tiene la famosa escalera ... que no exactamente igual, pues la mía es semi-circular. Bueno parece que esta escalera es semi-circular. ¿Sera esta la Mansión donde dieron "El Baile de la Victoria, en 1822, y donde Manuela y Bolívar se encontraron por la primera vez? ... Pareciera que si ...

(Haga Click sobre la imagen para verla completa)

 

       Antes de dejarlos con estas hermosas paginas de amor patrio, debo decir que lamentablemente los pueblos no consiguen independizarse del modo de proceder, bueno o malo que sea ... que como ejemplo ofrecen sus gobernantes.

         Bolívar dio el ejemplo de un hombre solo, que prefirió ser un "Don Juan" ... es decir el de un "Militar, Solo y Mujeriego".

         El Señor Chavez hoy a pesar de haber sido un hombre casado, sigue siendo "Militar, Solo" ... pero muy feo. El es un ejemplo para sus amigos y seguidores los así llamados "Chavistas".

         El Señor Fidel Castro, sigue siendo ejemplo para los Castristas ... que fuman su "cigarro habano" y tienen su corpuda barba.

         Yo, Giovanni estoy bien convencido que un Gobernante casado, fiel y amante de la familia, seria un excelente ejemplo a seguir, para así tener ... seguidores casados, fieles a sus esposas y amantes de la familia ...

       Aquí les va el cuento. Son los capitulo 2 y 3 del Libro "Las Cuatro Estaciones de Manuela" escrito por Victor Von Hagen.

       Es muy pero muy importante entender que Simón Bolívar de la Concepción y Palacios y Manuela Sáenz era Rayos Gemelos, que se encontraron en un periodo de Guerra y Resurrección para el Mundo entero, y en especial para América.

       ... Y aun así ... nada los detuvo ... el cuento seguirá en los próximos días ... hasta su conclusión ...

Gracias,

Giovanni A. Orlando.

2

 

LA VENIDA DEL SEMIDIÓS

 

Un solo cohete se elevó raudo, arrastrando su llameante cola de cometa, y miles de ojos vieron cómo se deshacía en estrellas azules y rojas allí arriba, en el cielo de Quito. Luego, el cielo se hizo vivo con la explosión de innumerables cohetes. En lo alto del Panecillo, el monte que en forma de pan de azúcar domina el centro de la ciudad, el cañón entró en acción y sus salvas retumbaron sobre la congregada multitud. En seguida, las campanas, todas las campanas de la ciudad, repi­quetearon simultáneamente. Los campaneros indios tiraban jubilosos de las cuerdas, sin hacer caso al caos de sonidos sobre sus cabezas. Las gentes, que luchaban por conseguir un sitio ventajoso, eran contenidas sin violencia por los soldados, a fin de que la estrecha calle empedrada quedara despejada para la entrada de Bolívar.

Todo Quito se había echado a la calle para el gran acontecimiento. El marqués, ataviado de cortesano a la antigua, con un chaleco de ter­ciopelo azul profusamente bordado en plata y sombrero de tres picos, se codeaba con indios de ponchos de lana y trenzadas coletas. Una joven damisela con vestido de muselina blanca, recogido el cabello en un moño griego, desafiaba la vibración aturdidora del ambiente y avanzaba de losa en losa por la acera con sus chapines de baile, tratando de eludir a los soldados. Por todas partes, en gran confusión, barberos, monjas, mercaderes, chiquillos y personas de toda condición se abrían paso ha­cia los lugares que habían elegido. A lo largo del Camino Real, grandes letreros en las paredes proclamaban el día: 16 de junio de 1822. Pero apenas era esto necesario: todos sabían que Simón Bolívar hacía hoy su entrada en la ciudad.

Bolívar llegaba y, después de días de preparación, Quito estaba en condiciones de recibirlo dignamente. Las tropas republicanas, que habían triunfado en la Batalla de Quito, estaban ya con sus nuevos uni­formes verdes; se habían adiestrado con mil ejercicios, hasta que cada soldado dominaba todos los movimientos militares con precisión casi prusiana. A intervalos había arcos de triunfo; las fachadas de las casas se animaban con el laurel indígena y frondas de palma traídas de la costa tropical. A lo largo del camino había racimos de niñas vellidas como ángeles multicolores, a la espera impaciente con sus plegadas alas de gasa: iban a lanzar sobre el héroe una lluvia de pétalos de rosa. Una banda de instrumentos de viento, en los que sólo podían soplar, en el aire  enrarecido de Quito, los indios de poderosos pulmones, avanzaba calle abajo; tras ella venían otros indios llevando en sus brazos un ver­dadero arsenal de fuegos artificiales. El entusiasmo era contagioso. En todas las iglesias ondeaba la bandera republicana, y las casas con balcones que daban al itinerario lucían los colores rojo, azul y oro. Se ha­bían levantado puestos en la Plaza de San Francisco, y vendedores ambulantes con prendas azules de tejidos caseros ofrecían tortas, salchichas, pastelitos, hogazas de pan de cuatro libras, vino y la chicha de fermentado maíz. Otros vendedores callejeros vendían himnos patrióti­cos impresos en la única imprenta de Quito; había escarapelas tricolores para los sombreros, y cintas para que colgaran de las coletas de los in­dios; había toda clase de baratas chucherías para la festiva ocasión.

Calle abajo, haciendo caracolear su caballo, avanzó un jinete sin sombrero; hacía retirarse a las personas que habían invadido la calzada y anunciaba a voz en grito que el Libertador estaba en los lindes de la ciudad. Hubo una última agitación entre la multitud, empeñada en procurarse puestos ventajosos; sin perder el buen humor, todos se empujaban y forcejeaban, como en una escena de muchedumbre de una opéra bouffe. Los angelitos indios desplegaron sus alas a la brisa de los Andes y fueron llevados a sus puestos, mientras las monjas que los cuidaban meneaban sus cabezas envueltas en tocas, como diciendo: "Es un milagro, es un milagro "

Y lo era. Para 1819, España había aplastado toda resistencia organizada de los patriotas en el norte, y los insurgentes habían quedado reducidos a pequeñas partidas de guerrilleros mal armados y medio muertos de hambre. De pronto, el general Simón Bolívar irrumpió desde los llanos de Venezuela, donde había estado contenido, flanqueó a los godos y avanzo sobre los Andes. En la mañana del 9 de agosto de 1819, enfrentó y destruyo a las tropas españolas que tenían la misión de capturarle. El ultimo virrey de Nueva Granada Juan Sámano, disfrazado de una capa de paño verde y un sombrero de cuero rojo, abandono Bogotá y se dirigió río abajo hacia el destierro. Dos años después Bolívar, había reconquistado Venezuela, despejado Colombia de enemigos e iniciado en la periferia de Quito las escaramuzas que llevaron a su final liberación. Ahora el genio de esta victoria—Bolívar— iba a estar con ellos.

La flor y nata de Quito estaba en los balcones. Porque no era únicamente una victoria del pueblo sino un movimiento de independencia iniciado por muchos de los grandes con titulo en la ciudad. El Márquez de Selva Alegre, que había dado a la causa su fortuna y la vida de su hijo, se mostraba con las prerrogativas de su rango, luciendo una casa­ca bordada, calzones cortos, suntuosa peluca y sombrero de tres picos cuyo estilo había desaparecido hacía una década; miraba desde arriba a la abigarrada multitud con expresión burlona. La mayoría de los otros nobles, aunque de sentimientos republicanos, estaban análogamente ataviados al estilo del antiguo régimen. Pero los jóvenes habían ya des­cartado hacía tiempo estos recuerdos del pasado y se mostraban como caballeros de la regencia, con un frac muy ceñido y un cuello tan duro como el horcate de un caballo y tan alto que casi llegaba a las orejas. Las damas de edad todavía se aferraban al estilo de 1790, con todos sus adornos y exuberancias, y no ocultaban su estupefacción ante las nue­vas modas de París. Las jóvenes asomadas a los balcones lucían ligeros vestidos de graciosas faldas amplias, con un talle muy alto y un escote bajo y cuadrado ribeteado con una cinta negra o un encaje a mano. 

Para el vulgo de la calle, estas reuniones aristocráticas constituían una parte importante de la fiesta. Y ninguno de los grupos llamaba tan­to la atención como el del balcón de la mansión de Juan de Larrea. Era la mejor casa de Quito, de dos pisos, con ventanas enrejadas y barandados de madera de complicada talla. Había en el balcón una do­cena de damas y caballeros, pero quien atraía las miradas de todos era el fascinante ser que se apoyaba en el brazo de don Juan. Estaba vesti­da de blanco, un color puesto de moda por la Psiquis de Gérard: era un linón guarnecido con plata y de escote muy bajo, de acuerdo con la más audaz de las modas modernas. La dama lucía una banda de moiré rojo y blanco y, debajo del pecho izquierdo, llevaba una medalla de oro que los más al tanto reconocían como la Orden del Sol. Mucha gente de la calle la conocía de vista; otros la reconocían por su lozana voz ronca con tonos de burla y desafío. La joven vestida de blanco era Manuela Sáenz.

Durante los febriles preparativos de la recepción a Bolívar, la bue­na sociedad sólo había podido enterarse de muy poco de la vida de Ma­nuela desde que abandonó Quito, pero este poco era obsesionante. Sa­bían que se había casado con un inglés llamado James Thorne y que vivía con él en Lima. Pero apenas sabían nada más ni comprendían por qué se había aventurado en este momento al largo y azaroso viaje a Quito. Sin embargo, aquella reluciente medalla del sol decía más que cualesquiera dimes y diretes. Era la más alta condecoración que el Perú revolucionario podía conceder, y quien la llevara tenía que haber servi­do con distinción a la causa insurgente.

En realidad, Manuela había llegado a Lima en 1817, y el año que siguió inmediatamente a su matrimonio fue el más alegre de su turbu­lenta vida. Como esposa de un próspero comerciante, fue presentada al Virrey, asistió a las funciones oficiales y se convirtió en una figura co­nocida de la buena sociedad limeña. Hasta mereció favores especiales de la madura Micaela Villegas, la famosa cortesana apodada "la Perricholi", a cuyo palco del viejo Teatro de la Comedia Manuela acu­día con frecuencia.

Cuando James Thorne viajaba en uno de sus barcos, Manuela se dedicaba a actividades de clase muy distinta. Se movía en los círculos patrióticos, entre quienes conspiraban contra la Corona. Perú estaba entonces en pie de guerra. Los realistas, picados por las derrotas en Chile, estaban trayendo mucho material de guerra de Panamá. El ge­neral San Martín, con sus victoriosos insurgentes, avanzaba sobre las fronteras del Perú y, en la misma Lima, los amigos de la libertad cons­piraban para minar el terreno al Virrey. En el salón barroco de una de sus compatriotas, Manuela participaba fervorosamente en estas cons­piraciones. Era un juego peligroso, y el hecho de que su marido fuera inglés no la hubiera salvado si hubiese sido descubierta. Pero había aceptado los riesgos. Con su saya y su manto, prendas muy queridas de las mujeres de Lima, podía moverse con un disfraz muy efectivo, por­que el ropaje elástico le envolvía el cuerpo y el velo de seda le cubría la cabeza, de modo que sólo los móviles ojos se asomaban al mundo. Con este atavío —era considerado monstruoso arrancar el velo a una mujer-, las damas podían entrar en las habitaciones de sus amantes y engañar a sus maridos a la luz del día sin miedo a contratiempos. La saya y su manto exhibían con cada breve paso todos los deliciosos movi­mientos del cuerpo; este vestido era uno de los milagros de la naturaleza y llenaba a los hombres de asombro y perplejidad. Y para Manuela constituía un disfraz maravilloso, porque podía con él llevar las proclamas sediciosas de las prensas clandestinas a quienes las colocarían en los muros de Lima al amparo de la noche.

La intriga se adaptaba muy bien a los talentos de Manuela y le procuró cierta fama anónima cuando el Virrey declaró "El Fiscal me ha traído un montón de proclamas introducidas en esta capital por una mujer desconocida."

Pero la doble vida de Manuela como dama de la sociedad limeña y conspiradora revolucionaria no podía permanecer indefinidamente oculta. James Thorne llegó a enterarse de lo que sucedía y se mostró muy disgustado. Como extranjero, se suponía que estaba al margen de la lucha. Además, era un hombre de negocios y no estaba de acuerdo con la revolución; perturbaba las actividades mercantiles y multiplicaba los problemas con las autoridades. Por otra parte, era un católico tradicionalista y la revolución estaba adquiriendo ya un caris anticlerical.; su olor era claramente antirreligioso. No solamente se negó a la propuesta. Manuela de que andará a la causa patriota con dinero, sino que ordenó a su esposa que desistiera de toda actividad ulterior. Y esto significaba un choque, el primero que en realidad se producía en el matrimonio. Porque nadie podía ordenar nada a Manuela. Procedía siempre de acuerdo con su voluntad.

Continuó, pues, trabajando por la revolución y, en 1820, obtuvo una notable victoria. Su hermanastro José María Sáenz era capitán del Regimiento de Numancia del ejército realista. Manuela consiguió convencerlo —y por medio de él a los demás oficiales de la unidad— de que debía pasarse con sus fuerzas al campo de los patriotas. Esta defección en el campo de la Corona provocó el derrumbe de todas las defensas de la capital y Lima cayó en el caos. Las gentes de las afueras acudieron a refugiarse detrás de las grandes murallas de la ciudad y las cinco puer­tas estaban ahora muy guardadas por temor a un ataque directo de las montoneras, los terribles guerrilleros a caballo del general San Martín. El 21 de julio de 1821, los ejércitos patriotas llegaron ante las puertas de la ciudad y ésta cayó sin un tiro. Las fuerzas liberadoras entraron en Lima bajo una nevada de papel picado y pétalos de rosa ante muchos duques, marqueses y condes que hacía sólo una quincena habían jura­do lealtad inquebrantable al Rey de España; también ellos se pusieron escarapelas bicolores en los sombreros y se unieron al pueblo en la deli­rante celebración.

Manuela se decía que había sido algo muy parecido a lo que ahora estaba sucediendo en Quito, pero aquí eran pocos los miembros de la nobleza que disintieran de la nueva República. Cabía ya oír a lo lejos la caballería que se acercaba a la ciudad entre aplausos cada vez más en­tusiastas. Allí en la calle, el alcalde, reteniendo en su mano libre el som­brero de seda, montó rápidamente a caballo y se lanzó al galope segui­do por dos oficiales para dar la bienvenida a los que llegaban. Ahora la confusión era mayor en el portal de Larrea, pues los servidores que hacían rodar unos barriles de vino, trataban de abrirse paso entre la multitud. Porque esta noche, en esta misma mansión, iba a celebrarse el gran baile de la victoria en honor a Bolívar. Pero la presión de la multitud era excesiva para los servidores; éstos tuvieron que pedir ayu­da a los soldados. Hubo muchos empujones y forcejeos antes de que la tarea quedara terminada, con el acompañamiento de comentarios in­decentes y de consejos de los mirones. El elemento más joven del balcón participó en la escaramuza, incluida la lengua mordaz de Manuela.

Era exactamente lo que cabía esperar de "la Sáenz". Así parecían decir los ojos de las damas maduras de los balcones, quienes miraban fijamente a la joven con expresiones de desaprobación y sorna. Manue­la había mantenido a Quito en la agitación durante teda su primera juventud; había sido un torbellino. Tenía un genio notorio para descu­brir las debilidades humanas y ponerlas de manifiesto. Nunca había sido humilde ni mostrado el recato de la doncella. Era agresiva, decidi­da y voluble: alegre, sensible, de genio vivo y valiente, según soplara el viento. Desde luego, se comprendía la razón de todo esto: era un ser al que nadie aceptaba, una bastarda sin posición alguna en la sociedad. ¿Qué más natural que fuera lo que era? Y ahora esta.... Bien, estaba de nuevo en Quito, había sido recibida en la casa de Larrea y lucía una condecoración patriótica del Perú.

En realidad, la Orden del Sol era más que una mera condecora­ción; era la insignia de una nueva nobleza republicana. El 23 de enero de aquel mismo año, Manuela Sáenz de Thorne se había incorporado a un impresionante grupo de ciento doce mujeres, destacadas patriotas de Lima, que iban a recibir este honor. Habían desfilado por las calles de Lima hasta el antiguo palacio del Virrey, donde se desarrollaron las lucidas ceremonias. Manuela figuró entre las grandes damas de Lima, muchas de las cuales llevaban viejos títulos de nobleza —la Condesa de la Vega, la Marquesa de Torre Tagle, la Condesa de San Isidro—, y fue condecorada con la más codiciada orden del Nuevo Mundo. Apenas pa­recía posible que, a menos de siete años de que hubiera dejado Quito de manera ignominiosa, hubiese...

"¡Bolívar! ¡Bolívar! ¡Bolívar!" Las voces de la ciudad parecían fu­sionarse en una sola palabra. Como respondiendo al llamamiento, los oficiales que venían en cabeza se detuvieron y un escuadrón de lance­ros avanzó en una sola fila por cada lado del camino. Luego, de aquel amontonamiento de figuras brillantemente uniformadas, surgió un ji­nete. Avanzó solo. Era Bolívar.

Montaba en Pastor, su caballo blanco favorito, al que, al mismo tiempo, contenía con las riendas y pinchaba suavemente con las espue­las. El animal bailaba y caracoleaba, sacando mil chispas de los ado­quines con sus herraduras, curvando su cuello como el de un cisne; era, en verdad, una montura muy propia para un semidiós. Y era un semi­diós lo que el pueblo esperaba, pues tan grande era el renombre de Bo­lívar, tan heroica su vida, tan maravillosas sus realizaciones en la paz y en la guerra, que ya a la temprana edad de treinta y nueve años, había sido divinizado por la imaginación popular. Su físico tenía poco de divi­no, era un hombre bajo, de manos delicadas y pies menudos que podía envidiar a una mujer, pero se podía advertir que su cuerpo era ágil y he­cho para la acción. Y, mientras saludaba al tumulto de las voces con orgullosa elegancia, aunque también con sencillez, su figura parecía crecer y nadie se fijaba en que no era alto.

No podía decirse que Bolívar era un hombre apuesto; muy tostado de color, su rostro era estrecho y su expresión sombría; su boca grande y su lozana dentadura desaparecían bajo un erizado bigote de soldado de la guardia. Pero sus vivos ojos negros eran vivos y penetrantes y su fácil sonrisa tenía mucho encanto. En contraste con sus oficiales cuyos uniformes lucían dorados y medallas suficientes para satisfacer los bárbaros gustos de un inca, el Libertador llevaba una sencilla gue­rrera de alto cuello con una sola medalla y apretados pantalones de ante. Ahora, en la silla, ante la vasta multitud admirativa, su porte re­velaba la gallardía, la alegre impetuosidad, la cortesanía y el valor que lo caracterizaban y que podían ser resumidos en una sola palabra cas­tellana: hombría. Y hombría era, en verdad, o tal vez un exceso de viri­lidad, porque se trataba de un hombre para quien los favores de las mujeres eran tan necesarios como la carne y el vino. Era también un hombre que amaba la gloria; aun ahora, mientras cabalgaba recibiendo los aplausos de la multitud, se podía ver que estaba extático con la aclamación pública.

Para quienes veían a este Bolívar resultaba difícil creer que de­trás de la figura pública había una personalidad distinta y más profun­da. Todo lo que es profundo busca una máscara. Y detrás de esta más­cara estaba el genio de América del Sur: una imaginación poderosa, el sentido de la organización, la estrategia en proyectar campañas, el co­nocimiento de los hombres, la habilidad para atraerse seguidores fie­les, todo lo que había procurado realidad al sueño de la independencia. La inteligencia proteica de Bolívar lo abarcaba todo: disponía las bata­llas, la diplomacia y la enseñanza, diseñaba medallas y uniformes y pre­paraba sus apariciones en público como un coreógrafo prepara un ba­llet. No desperdiciaba ni uno solo de sus movimientos; utilizaba la estrategia lo mismo en la guerra que en la diplomacia y el amor. Su modo de hablar reflejaba esta mentalidad: sensual, a veces adornado y complejo y otras sencillo, con una sencillez un poco estudiada y en oca­siones exagerada. Y tras todas estas contradicciones había una volun­tad inmensamente poderosa, porque Bolívar había tenido que combatir a los hombres, las montañas y hasta los elementos para llegar a su glo­ria actual.

Mientras cabalgaba hacia la plaza, saludando a uno y otro lado —inclinándose de cuando en cuando para aceptar la flor que le ofrecía una niña o estrechar la mano de algún soldado herido—, apenas había entre los miles de personas que aplaudían un hombre que no conociera los acontecimientos de su vida o una mujer que no hubiera oído los de­talles íntimos de sus prodigiosas aventuras amorosas. Simón Bolívar había nacido en Venezuela en 1783 y pertenecía a una vieja familia muy noble y rica; era marqués por derecho propio. Aunque había sido criado en la vasta hacienda de San Mateo, donde rudos vaqueros cuidaban de inmensos rebaños, tuvo una educación adecuada, si se tienen en cuenta el tiempo y el lugar. Aprendió geografía y literatura con Andrés Bello, un revolucionario incipiente; los elementos de aritmética le fueron pro­porcionados por un fraile capuchino que tenía reputación de sabio. Pero más importancia tuvo Simón Rodríguez, maestro de francés e inglés, vagabundo mental desequilibrado y simpático, libertino completo y gran erudito, aunque saturara sus enseñanzas con el romanticismo senti­mental de Rousseau. Fue este cura degradado quien dio a Bolívar su amor por la naturaleza y por la vida y desarrolló el estilo charro de sus escritos.

A la impresionable edad de diecisiete años, ya un adepto del amor, Bolívar visitó París con el Marqués de Ustaris y luego fue a España a terminar su instrucción en la Real Academia Militar. Y aunque habla­ba el ceceante patois de Venezuela y tenía un color café au lait, se atrajo inmediatamente la simpatía de la corte de Madrid. Poco después de su llegada —por lo menos así se murmuraba— había reemplazado a Godoy, el Príncipe de la Paz, como amante de la reina María Luisa. Ya a esta edad Bolívar tenía fama de ser un hombre que se enamoraba con las trémulas pasiones de un obseso.

Su matrimonio en 1802 con María Teresa, la hija del Marqués de Toro, fue un idilio trágico; apenas vueltos de España a Venezuela, María Teresa murió de la fiebre amarilla. Viudo joven, sin raíces y pródi­gamente rico, Bolívar volvió a Europa. Viajó por España e Italia; luego, atraído por la estrella ascendente de Napoleón, se instaló en París para contemplar el nacimiento de un imperio y disfrutar de la vida sibarítica de un elegante.

Pero tenía sus momentos de seriedad. Quedó muy impresionado por Napoleón, cuyos triunfos militares y diplomáticos eran dignos de profundo estudio y cuya extrema sencillez en el vestir iba a ser emulada por el Libertador. La influencia del corso fue muy honda; un francés que conoció bien a Bolívar dijo después: "El ideal de Bolívar era el Em­perador."

Y luego estaba Humboldt. El ilustre sabio, entonces en el apogeo sus facultades, acababa de llegar de cinco años de viaje por América del Sur y estaba en París cuidando de que se publicaran sus escritos. Los dos hombres se conocieron en el salón de Fanny du Villars, con la Bolívar mantenía relaciones más estrechas que las del simple conocimiento. La conversación acabó refiriéndose a la hacienda de les Bolívar, que Humboldt había visitado en ausencia de Simón, y pasó luego a la oposición política de la América española. Finalmente, Bolívar observó

-          Verdaderamente, ¡qué destino más brillante seria el del Nuevo Mundo si su pueblo pudiera verse libre de su yugo!

Y Humboldt contestó:

-          Creo que su país está maduro para la independencia. Pero no acierto a ver el hombre que ha de lograrla que, que ha de dirigirla.

Fue una frase que desencadeno, la segunda revolución americana.

Todo el mundo sabía el curso que siguió la vida de Bolívar después de este episodio. Fue guerra, guerra y guerra; Bolívar perdió su fortuna, vio cómo Venezuela se disolvía en el caos, huyó a Jamaica y volvió para continuar la lucha. Finalmente, con un ejército que recor­daba a los galopines de Francois Villon, superó en la maniobra al mejor general de España, marchó más de mil quinientos kilómetros a través de los Andes y derrotó a los españoles en Boyacá, Colombia. Luego, el 17 de diciembre de 1819, formó la unión de la Gran Colombia, una unión que incluiría los virreinatos españoles de Venezuela, Colombia y Ecua­dor cuando fueran liberados. Era el primer paso en un plan de propor­ciones continentales que estaba ya tomando forma en los más íntimos pensamientos de Bolívar.

Y hoy, en Quito, el designio se estaba desplazando hacia su reali­zación. Ecuador había sido ganado para la causa.

Ahora se estaba acercando a la playa y las niñitas vestidas charramente de ángeles corrían delante de él esparciendo flores. Desde los balcones caía una verdadera cascada de pétalos de rosa y, de cuan­do en cuando, se enviaban hacia el Libertador coronas de laurel con los colores de la Gran Colombia. Los hombres saludaban y las mujeres se inclinaban hacia adelante, en un esfuerzo por captar la sombría mira­da de aquellos ojos hundidos y turbadores. Allí delante estaba la gran plaza, donde se habían congregado los regidores de la ciudad para dar la bienvenida al héroe. Era hora de que Bolívar esperara a su escolta, la larga fila de jinetes uniformados que venía detrás de cuatro en fon­do, con los desenvainados sables reluciendo al sol. El Libertador contu­vo a Pastor y miró ociosamente hacia arriba, al balcón de Larrea, y lue­go a la multitud que lo aclamaba.

Desde el alto lugar que ocupaba junto a Juan de Larrea, Manuela se inclinó hacia adelante con repentina excitación. Era él por fin, el hom­bre más grande de todo el continente, la encarnación de todos los sue­ños y entusiasmos, la causa por la que se había luchado durante tanto tiempo. Y era también un hombre fascinante, cuyo rostro revelaba el sufrimiento y la meditación, cuyo flexible cuerpo se movía graciosamen­te con cada brioso caracoleo de su magnífico caballo blanco. Manuela tomó una corona de laurel y la lanzó a los pies del Libertador Y luego observó con horror que el objeto cambiaba de rumbo en el aire e iba a dar al jinete de lleno en una mejilla.

El Libertador se volvió bruscamente, con manifiesto enfado, hacia el balcón. En seguida vio a la culpable: los negros ojos muy abiertos y luminosos, el rostro encendido, las blancas manos apretadas contra el blanco pecho que lucía el dorado emblema del sol.

Bolívar se inclinó y sonrió su perdón a los ojos de Manuela Sáenz[1].



[1] En realidad Bolívar dijo a Manuela, (Según Wikipedia), «Señora: si mis soldados tuvieran su puntería, ya habríamos ganado la guerra a España»

3

EL BAILE DE LA VICTORIA

 

La casa de Larrea parecía en llamas. Del salón del piso alto, inun­dado de luz por una gigantesca araña, llegaban las desorganizadas pri­meras notas de la orquesta que afinaba sus instrumentos; los sonidos iban a la deriva por la noche de Quito. Durante toda la tarde, después de la triunfal entrada del Libertador, había habido una gran confusión ni la mansión, mientras los servidores preparaban habitaciones y colaciones para el baile de la Victoria, pero, llegada la hora de las vísperas, todo había quedado preparado. Fuera, los lacayos indios, con sus ne­cios cabellos empolvados, con chalecos de seda y calzones cortos, aun­que fueran descalzos, mantenían hachones en alto para guiar a los in­vitados por las oscuras calles adoquinadas.

A aquella primera hora de la noche, las calles de la ciudad esta­ban llenas de gente que festejaba el acontecimiento. Algunos soldados, emborrachados con chicha, daban bandazos o se venían al suelo en el arrollo; las mozas de partido traficaban abiertamente en las plazuelas, donde, a la luz de los fuegos artificiales, el amor se exhibía en todas las formas imaginables; de cuando en cuando, se producían riñas. El sereno, envuelto en su negra capa, trataba de frenar la exuberancia popular pero con muy escasos resultados. Era una noche desenfrenada y en aquel barullo, la nobleza de Quito tenía que correr sus riesgos. Los distinguidos invitados al Baile de la Victoria comenzaron a presentarse temprano. Unas cuantas damas de edad, aferradas todavía, con cierta angustia otoñal, a las cosas del pasado, llegaban en sillas de mano, transportadas por indios de librea, porque no había coches en toda la ciudad. Sin embargo, la mayoría de esta gente encumbrada llegaba a pie por las calles adoquinadas, guiada por criados que llevaban farolillos, mientras otros lacayos sostenían sobre las cabezas parasoles llenos de brocados, considerados por esta sociedad coma un signo de distinción. No había persona de importancia que no viniera al baile y cabía ver todos los estilos de vestido que habían estado de moda desde los tiempos de Carlos III de España.

Los caballeros de mucha edad llevaban  los calzones cortos de seda y los floreados chalecos del siglo XVIII y hasta el sombrero de tres picos y la empolvada peluca. Los de mediana edad llegaban con el traje de corte español de 1795: una estrecha casaca a rayas, con grandes boto­nes ornamentados y anchas y sueltas solapas. Pero los más jóvenes, los productos de la era revolucionaria, venían con frac, pantalones con pre­silla bajo las altas botas barnizadas, sobretodos con esclavina y altos sombreros de copa. Eran los republicanos convencidos y, para demos­trar sus simpatías democráticas, aun en esta noche de licencia para la multitud, caminaban solos por las atestadas calles.

Las mujeres también reflejaban la batalla de los estilos en sus ves­tidos de gala. Las que todavía soñaban los sueños del antiguo régimen venían con rígidos brocados, altos tacones y empolvadas pelucas y, ca­minando con la ayuda de bastones, dirigían a todas partes miradas al­taneras. Todas las jóvenes y aquellas que se jactaban de su modernis­mo lucían atrevidos vestidos de gasa con brocados o de organdí rosa o blanco; sus menudos pies estaban calzados con sedosos chapines de baile y su cabello estaba recogido arriba, a la griega. Hasta había unas cuan­tas escandalosamente audaces —que avanzaban por el adoquinado vestidas á la sauvage, con el cabello corto, lo más revolucionario que una mujer podía hacer en Quito.

La entrada de la mansión era un portal con gruesos clavos en las puertas y sobre el que se veían las armas de Larrea. Dentro, el patio era un despliegue de flores en torno de una fuente de piedra, coronada por un tallado querubín que abrazaba el cuello de un cisne. Del pico levantado del animal salía un chorro de agua fresca, traída por una tu­bería desde las cumbres nevadas que rodeaban a la ciudad[1].

 [Añadido por Giovanni A. Orlando]

Y al entrar a la Mansión, Bolívar ve a Manuela bajando las escaleras, hacia su izquierda. Era una escalera semicircular, como las que se encuentran en los castillos europeos, pero esta se encuentra en Quito.

Y Bolívar y Manuela, se entregan en una segunda mirada, tan profunda y sincera, como el amor … que de allí a unos días y unos años, los iría a envolver.

La narración original, sigue aquí.

En la sala de baile del segundo piso, el general Simón Bolívar y su anfitrión estaban de pie, recibiendo a los invitados.

Era una sala sun­tuosa, larga y ancha, con altas ventanas enrejadas y una gran araña que la bañaba de luz. Las sillas, canapés y mesitas, en las líneas rectas del estilo Directorio, con ornamentos de bronce sobre el damasco rojo, habían sido retiradas junto a las paredes para despejar el piso. Junto a la puerta, los seis indios de librea que constituían la orquesta estaban preparados en sus asientos con sus instrumentos de cuerda y de viento. En la habitación inmediata, llena de muebles barrocos con las incrustaciones de oro que habían hecho a Quito famoso, otros indios atendían la larga mesa tallada donde se habían colocado les vinos y la ponchera.

Desde su sitio, bajo el dosel de seda tricolor del extremo de la sala, Simón Bolívar observaba con interés a los invitados que llegaban. Ha­bía venido con estricta puntualidad militar, exactamente a las ocho, y de muy buen humor. En atención a la fiesta, había abandonado su sen­cillo uniforme de costumbre y llevaba una casaca militar roja con mu­chos galones de oro; sobre sus charreteras, que sobresalían mucho de los hombros, se veían tres estrellas doradas, símbolo de su rango de Teniente General de los ejércitos aliados de liberación. Su cabello esta­ba peinado hacia atrás y sus negras y laqueadas botas Wellington te­nían tacones muy altos; además, permanecía sobre un estrado, por en­cima del nivel del piso, de manera que la ilusión de gran estatura era completa.

Ahora, los invitados que entraban en la sala eran muy numerosos y Bolívar, apoyado levemente en su sable de gala, se mostraba muy a sus anchas. Cumplido caballero, criado en el lujo, conocedor de Europa y con gran dominio del francés, tenía maneras exquisitas. A cada dama que se le presentaba dedicaba toda su atención, besándole la mano y mirándola con la cálida y vehemente intimidad de un hombre habitua­do a las conquistas. Con los hombres, mostraba una camaradería cor­dial, descendiendo con amistosa llaneza de los pináculos de la fama. Los patriotas destacados cuyos nombres conocía —tenía una memoria prodigiosa— eran saludados con un abrazo latino; los largos brazos del Libertador se plegaban sobre ellos y daban unas cariñosas palmadas en la espalda. Para todos tenía Bolívar unas palabras o una pregunta amables, pues el anfitrión y el edecán permanecían allí cerca y le procuraban en apresurados murmullos los antecedentes indispensables de cada desconocido. Era indudable: todos quedaban conquistados por tanta simpatía.

En la mansión de Larrea, esta noche, Bolívar parecía llegado a las cumbres de su ambición. La independencia estaba punto menos que conquistada y la gloria de esta realización le pertenecía Sin embargo, ni al héroe tenía alguna debilidad, era su embriaguez con el aura popularis. Pero aquí, por primera vez en los largos años de lucha, tenía finalmente una ocasión de solazarse. Aquí el ambiente tenía algo del que había conocido en Europa, con los refinamientos y los lujos que los años de campaña le habían negado. El salón estaba saturado de sonidos agradables: murmullo de violines, susurros de vestidos femeninos y, ante todo, el rumor sostenido de la risa y la charla en media docena de idiomas diferentes.

La guerra por la independencia había adquirido un sabor internacional. Durante mucho tiempo había sido un asumo puramente americano --un asunto de lanceros medio desnudos, con largos cuchillos atados a cuñas de bambú, enfrentados con las bien armadas legiones del ejército español—, y el mismo Bolívar no había sido más que un inteligente jefe de partidas de guerrilleros. Pero el año 1822 presenciaba ya un gran cambio. Con sus victorias y su formación de la Gran Colombia, Bolívar había llegado a los consejos de Europa. Después de Waterloo, mucho oficiales de las guerras continentales habían, buscado empleo junto a él y obtenido mandos en su ejército. Su oficialidad incluía a muchos europeos: ingleses, escoceses, irlandeses, alemanes, polacos y hasta rusos figuraban en las planas mayores de sus regimientos.

Por toda la sala cabía ver ahora a jóvenes jefes del contingente extranjero luciendo los uniformes de sus unidades: casacas de un verde oscuro, con puños y solapas ribeteados de oro y pantalones con apretaderas y galoncillo dorado. Allí estaban Sowerby, el de Bremen; Duckbury, el de Londres; y el capitán Hallowes, de Kent, todos tan jó­venes que no les había crecido todavía el bigote erizado que se juzgaba necesario para un oficial. Los irlandeses estaban bien representados: O'Connor, de los combativos O'Connor de Dublín, muy atractivo para las damas a causa de su cabellera rubia; y William Fergusson, impe­tuoso y valiente, con un corazón tan grande como su afición al whisky de su patria, un hombre cuya temeridad creaba mil dificultades a Bolí­var, sin que por ello éste dejara de admirarla. "Un buen amigo —decía el Libertador—, servicial y generoso... y que me tiene mucho afecto."

Pero el favorito era O'Leary. Acicalado como un gallo de pelea, Da­niel O'Leary, de Belfast, había estado con Bolívar desde que llegó a los diecinueve años de edad, todavía con todo el verdor de Irlanda en su persona. Era el capitán O'Leary, quien, bandera blanca en mano, había entrado en las líneas realistas durante la reciente batalla por Quito, llevando la intimación de rendición. Aunque era el más tranquilo de todo el contingente irlandés, podía, cuando se excitaba, olvidarse de su castellano y gritar todas las ordinarieces de un ama de burdel de su ciudad natal. O'Leary no tenía ahora más que veintidós años, pero com­prendía ya la grandeza de Bolívar; estaba reuniendo todos los papeles del héroe, a fin de que su gloria quedara preservada.

Los legionarios extranjeros daban a la guerra una necesitada dirección profesional y un toque de encantamiento, pero los jefes milita­res a las inmediatas órdenes de Bolívar eran todos sudamericanos. Uno de ellos era Antonio de Sucre, a quien Bolívar podía ahora ver dirigien­do una solemne polonesa con la bella Mariana, la hija del marqués de Solanda.

Sucre, el vencedor de la batalla de Quito, tenía solamente veinti­siete años y era ya un mariscal, pero su delicado rostro era más de cor­tesano que de guerrero. Sus grandes patillas, que le llegaban casi a los labios, no ocultaban sus finas facciones, reveladoras en cierto modo de su herencia, pues su familia procedía de Flandes y pertenecía a la no­bleza valona. Sucre, nacido en Venezuela, dejó la universidad a los dieciséis años para incorporarse a las partidas de Bolívar y había ascendi­do rápidamente por sus propios méritos. Era el más ilustre jefe militar I de la revolución, el caballero blanco de las guerras de la independencia. No perdía ninguna batalla, salvo las que libraba consigo toísiilo. Era! capaz, callado, minucioso; le desagradaba, la exuberancia tropical de sus compañeros de armas, tenía un espíritu muy delicado y era sensible como una mimosa. Y todavía más. Estaba locamente enamorado de Mariana.

También estaba aquí, naturalmente, Córdoba, el joven José Ma­ría Córdoba, un general de veintitrés años cuya heroica carga hacía un mes había deshecho la resistencia de los godos y traído la victoria. Era un hombre magnífico y peligroso, hecho para la guerra, agresivo y vio­lento a pesar de sus finas facciones y de sus ojos dulces y melancólicos. Soldado a los catorce años, había cabalgado con los llaneros y aprendi­do el oficio de la guerra; le encantaba la lucha y se había lanzado a ella con frenesí. Era un colombiano inmensamente orgulloso, pero carecía de equilibrio e imaginación, defectos fatales. Y cerca de él, charlando y riendo con una copa de oporto en la mano, estaba otro pulcro enamora­do de la guerra, el escocés Rupert Hand.

Desde su ventajosa posición en el estrado, Simón Bolívar podía ver a todos ellos, a estos hombres que, de una u otra manera, habían sido lo los elementos de su gloria. Muchos habían sido sus compañeros de armas durante los terribles años de lucha; otros, con los que se encontraba ahora por primera vez, le eran conocidos por su reputación o por una larga correspondencia. Era una reunión extraña y maravillosa, porque aquí —como iba a recordarlo más adelante— estaba todo el reparto que iba a representar el drama de su vida en los años futuros. Estaban todos los personajes, salvo uno, una mujer. Y esta mujer llega­ba ahora.

El Baile de la Victoria estaba en su apogeo; se había ya bebido lo suficiente para quebrantar la rigidez de una sociedad no habituada a las maneras libres de soldados fuera de servicio. De pronto hubo una agitación en la entrada y una interrupción en el ritmo de la risa y las voces. Los bailarines continuaron con los majestuosos pasos de la contredanse, pero ahora de un modo mecánico; todas las miradas se volvían hacia la puerta. Alguien llegaba, abriéndose paso entre quienes contemplaban el baile junto a la entrada; era una mujer que se señalaba por su risa fácil y franca.

Se acercaba ahora sorteando a las parejas y Bolívar vio que era una joven de veintitantos años, en el apogeo de su irregular belleza. Avanzaba leve y erecta, con movimientos graciosos y suaves, con algo de sensualidad y hasta de abandono bajo la regulada delicadeza del paso y del ademán. Llevaba un ligero organdí a la moda moderna, con una falda que caía en pliegues medio reveladores desde el alto talle hasta las puntas de los sedosos chapines de baile. Á través de su bajo décolletage ocultando a medias el bello marfil de sus pechos, estaba la banda de moiré rojo y blanco de su condecoración y, bajo el pecho izquierdo, relucía la dorada Orden del Sol. Su cutis era también claro marfil y sus mejillas estaban coloreadas por la excitación del momento. Sus largos cabellos estaban recogidos como una tiara, en trenzas que se entrelazaban con unas blancas flores naturales.

Juan de Larrea, de frac negro y calzones cortos, se inclinó excusándose ante Bolívar y se dirigió al encuentro de la recién llegada. La joven se acercó ahora del brazo de Larrea para ser presentada. Honró al héroe con una flexible reverencia, mientras él se inclinaba sobre los esbeltos dedos.

—Su Excelencia... La señora Manuela Sáenz de Thorne.

Manuela lo miró con no disimulada admiración y él, siempre sen­sible al atractivo de las mujeres, no hizo nada por ocultar el interés que ella le inspiraba. Pero había otros a la espera de ser presentados al Li­bertador. Cuando Bolívar besó aquella mano y miró aquellos ojos negros y maliciosos, pudo tratarse de una bella mujer más en una vida llena de mujeres. Pero Manuela tenía veinticuatro años y él tenía trein­ta y nueve; era una peligrosa coyuntura de edades.

Avanzada la fiesta y agotadas las existencias de halagos a los pre­sentados, Bolívar escogió a Manuela: primeramente, bailaron una polonesa, con rara habilidad, y luego se reunieron al grupo que rodeaba la mesa de los vinos. Manuela habló a los legionarios en su inglés natal, cosa que agradó mucho a aquellos hombres. La joven había aprendido el inglés junto a su marido y, como recibía en su casa a muchos hom­bres de mar, era un inglés salpicado de expresiones picantes. Contó his­torias cómicas y atrevidas y una de ellas fue tan de doble sentido que hizo que Fergusson hiciera explosión sobre su whisky irlandés. Manue­la, como de costumbre, estaba llamando la atención y disfrutando con ello. Ahora, para espanto de las demás damas, estaba bailando, no con una pareja en el piso de baile, sino sola, para beneficio de los oficiales que la rodeaban. Levantada la falda con las dos manos y retorciendo el cuerpo con sinuosas sugestiones, comenzó la famosa y contorsionada ñapanga. "Eso no es un baile —había dicho el obispo de Quito, que la había presenciado en una ocasión—; eso es la resurrección de la carne."

Era evidente que Bolívar iba a ser atraído por esta mujer imprevi­sible. El hermanastro de Manuela, el coronel José María Sáenz, era miembro del estado mayor del héroe, quien ya sabía algo de la joven: que había nacido en Quito, que era hija ilegítima y que había servido a la causa de los patriotas con distinción. Si quería saber más —y se lan­zaba a sus aventuras amorosas como se lanzaba a la guerra, dedicando una exorbitante atención a los detalles y sin dudas ni escrúpulos— te­nía a mano a quien podía contarle cosas. Era el coronel Andrés Santa Cruz, el alto y joven comandante de la Legión Peruana, un natural de Lima.

Santa Cruz podía, desde luego, contar muchas cosas de la vida de Manuela en la sociedad de Lima y del importante papel que la joven había representado en el movimiento revolucionario. Pero, en relación con ese personaje posiblemente importante, el marido de Manuela, sa­bía poco, punto menos que nada.

James Thorne era, en realidad, un tanto misterioso para todos; nadie sabía de él más de lo que él mismo quería contar, que no era mu­cho. Se sabía que había conocido a Manuela por medio de su padre en Panamá, en 1816; que se había formalizado un contrato de matrimo­nio, que Simón Sáenz había proporcionado una dote a su hija y se había ido después a España y que Thorne y Manuela se dirigieron a Lima en 1817 para casarse.

Poco podía añadir Santa Cruz a este cuadro. Lima había sido el hogar de Thorne desde 1812, fecha en que llegó de Cádiz, como un preso, según decía la gente, aunque no se sabía por qué. Era natural de Aylesbury, en Inglaterra; bajo y fornido, de ojos grises, era también, de modo bastante extraño, un devoto católico. Nunca reveló su edad, pero ora manifiesto que llevaba unos veinte años a su esposa. Logró como lucra el favor del Virrey; adquirió propiedades y barcos y comerció a lo largo de la costa, desde Panamá a Valparaíso, en Chile. Para la época le su matrimonio, se había convertido en un hombre importante e influyente, pero continuó siendo una personalidad fría y enigmática, solemne, correcta y distante.

Ahora Thorne había ido por cuestiones de negocios a Panamá y aquí estaba su joven y bella esposa animando el Baile de la Victoria en Quito y atrayendo la atención de Bolívar; pero sólo muy avanzada ya la noche, después de bailar con todas las damas según el decoro de la ocasión lo exigía, el héroe se dedicó de lleno a ella. Bolívar era un entusiasta del baile. Podía pasar días enteros montado a caballo y después en­contrar solaz en permanecer bailando hasta la madrugada. Como a caballo, se mostraba en el baile hábil, gracioso y a sus anchas. Además, utilizaba la danza—el contacto físico, las emociones acentuadas, la presión de la mano y del cuerpo— para su propósito original, como preludio del amor. Mientras bailaba, podía hacer de modo casual caricias exploradoras, que se repudiaban si la mujer objetaba y se continuaban con insinuaciones más explícitas en otro caso.

En Manuela había encontrado su ideal y bailaron y bailaron durante los minués y contradanses de aquel sexteto de delgados tonos. Comprendían muy bien —era lógico— que todas las miradas estaban fijas en ellos. Pero aparentemente nada les importaba; esta perfecta correlación, esta manera de complementarse mutuamente, era algo nuevo para los dos y demasiado precioso para que acabara pronto. Manuela también amaba el baile; se mostraba en turnos alegre, seria, inconsecuente, tierna y atrevida, revelando a cada paso una nueva e impresionante faceta de su calidoscópica personalidad. Bolívar com­prendió inmediatamente que no era ésta una mujer ordinaria. Su len­guaje, sus réplicas, su porte, su historia personal y hasta sus lapidarias observaciones sobre los que los rodeaban no eran el equipo usual de las mujeres que había conocido.

Y había conocido a muchas, porque las mujeres eran esenciales para Simón Bolívar. Nunca estaba sin ellas, fuera en casa, de viaje o hasta en sus expediciones militares. Después de la muerte de su espo­sa, dijo: "No me volveré a casar." Y cumplió este voto, entregándose libremente a la pasión, pero huyendo de cuanto pudiera parecerse a un lazo emocional durable.

Los nombres de sus mujeres eran legión y algunos de ellos muy conocidos. En París, joven y rico, había hecho cornudo a un general de Napoleón y proporcionado tanto deleite a la dama, Fanny du Villars, que, pasados veinte años, ésta le envió su retrato y le recor­dó aquellos amores. En Venezuela, mientras, alternadamente, per­seguía a los godos o era perseguido por ellos, su querida había sido la bella Isabel Soublette, cuyo hermano, simple subalterno del ejército, había ascendido espectacularmente en la estela de Eros. Luego había sido Josefina Núñez, su amada "Pepita", que había cabalgado junto a él durante todas las terribles campañas de Los Llanos. Des­pués, durante una tregua en la lucha, había sido Anita Lenoit, sedu­cida en una hamaca; Anita lo recordaba con ansias y fue en su busca pasados algunos años.

Bolívar actuaba en amores como actuaba la administración mili­tar de los rusos; vivía sobre el terreno y podían seguirse sus aventuras amorosas con un mapa de sus campañas. En la plaza fuerte de Carta­gena fue una damisela y, en Bogotá, fue otra. En Cali, camino de Quito, fue Bernardina. "Eres la única en el mundo para mí", escribió el Liber­tador a su "ángel celestial". Pero, apenas secada la tinta de esta carta, ya había encontrado otro "ángel" en Popayán. El catálogo era largo y detallado y, a su manera, Bolívar había querido a todas ellas, escribiéndoles fervorosas cartas de amor y murmurándoles al oído poco más o menos las mismas cosas. Pero nunca había caído en las trampas que inteligentemente le habían tendido. Y ahora, esta Manuela...

Bailaron juntos casi continuamente, entre las demás parejas, perdiéndose en la medida de lo posible en la multitud, huyendo de las pa­redes , junto a las que se sentaban las espectadoras que los miraban con expresiones de reproche a través de los impertinentes. Sin embargo, a medida que transcurría la noche, este mismo afán de no llamar la atención atraía todas las atenciones. Las damas de edad, con sus pelucas y sus lunares postizos, meneaban la cabeza y murmuraban detrás de sus abanicos, pues aquí estaba el héroe de la hora entregado de lleno, de modo personalísimo, a esa notoria perendeca, a esa Manuela. 

De pronto, desaparecieron. Habían bailado, charlado y reído jun­tos durante horas; se habían, acercado juntos a la mesa de los vinos y dulces para la colación de la medianoche; habían vuelto juntos al salón de baile. Todos los habían estado observando, pero nadie los había visto marcharse. Simón Bolívar y Manuela se habían desvanecido.



[1] Nota por Giovanni A. Orlando. El autor Victor W. Von Hagen sitúa ya a Bolívar en el segundo piso. Deseo me permitan una escena … pues este libro habla del amor y encuentro entre Simón y Manuela …


 

Last Updated on Thursday, 03 February 2011 17:01